
Amaneció. Esta vez, los
primeros rayos anaranjados del Sol no despertaron a Iván, pues el Sol tuvo que
remontar el muro para empezar a acariciar a aquel niño acurrucado.
Cuando se despertó y vio donde estaba el
Sol, se levantó todo lo rápido que un niño sin cena ni desayuno puede
levantarse sin marearse, y buscó a su alrededor una forma de saltar el muro.
Anoche no pensó en que haría para volver a trepar desde ese lado, pero por
fortuna encontró un palé destartalado cerca. Lo arrastró y lo apoyó sobre el
muro, luego trepó por él y desde ahí pudo cogerse al borde. Se dejó la piel de
las rodillas y todas las fuerzas que tenía en trepar hasta arriba. Desde allí
se detuvo un segundo, volvió la vista al lugar donde había dormido y luego la
paseó por todo aquel solar vacío, cubierto de maleza y escombros. En la lejanía
había una fábrica abandonada que daba miedo incluso de día. La oscuridad de la
noche le había impedido verla hasta entonces.
Meneó la cabeza intentando quitarse aquella visión y volvió a centrarse en lo que estaba haciendo: llegar tarde.
Meneó la cabeza intentando quitarse aquella visión y volvió a centrarse en lo que estaba haciendo: llegar tarde.
Corrió a casa. No sabía con certeza que se encontraría, sólo sabía que el nudo que llevaba en el estómago, a medida que se acercaba, tendría su razón de ser en cuanto subiese las escaleras hasta el tercer piso.
La puerta estaba entreabierta, el pomo de la
misma colgaba por fuera. Iván dejó de correr para andar a cámara lenta, tenía
la respiración agitada y aunque, de forma instintiva, intentaba hacer el mínimo
ruido posible.
Entró. Los cuadros del pasillo estaban
movidos y olía intensamente a alcohol. Se podía escuchar el ruido del televisor
del salón. Caminó un poco más, a su derecha, en la cocina, pudo ver a su madre,
estaba de espaldas a él, de pie, con las manos apoyadas en la encimera y
cabizbaja. Parecía estar sollozando. Iba a entrar y abrazarla cuando escuchó el
ruido de unas carcajadas que venían del salón, y acto seguido un grito llamó a
su madre. Era él, su padre, esta vez no se había marchado, seguía allí, él y su
deleznable olor a fracaso y alcohol.
Iván tenía helada la sangre y ni aunque
hubiese tenido al mismísimo Sol guardado en los bolsillos podrían habérsela
calentado.
Su madre, aún de espaldas, se limpió con las
mangas lo que seguramente fuesen lágrimas, abrió el frigorífico y cogió una
lata de cerveza, luego se dio la vuelta y vio a su hijo allí parado. No dijo
nada, no hizo nada durante unos segundos. No había hecho nada para evitar
aquella mirada que se cruzaron, como quien se mira antes de saltar a un abismo
sabiendo que saltar les hará daño a ambos y, aún así, no ven otro camino.
El gruñido de su padre le hizo salir de su
ensimismamiento. Ella se acercó a Iván sin hacer el más mínimo ruido, se echó
la mano al bolsillo, sacó un monedero, se puso de cuclillas y se lo guardó en
el bolsillo a su hijo. Luego le abrazó, con uno de esos abrazos de ojos cerrados,
impidió que dijera nada poniéndole una mano en la boca, aunque hubiese sido
imposible que impidiera que derramara las lágrimas que ahora derramaba. Le
susurró al oído: “No te quedes aquí, ve a
casa de la tía y espera a que te llame”. Luego le instó a que se marchara,
casi le llevó ella misma a empujones hasta la puerta.
Salió de allí, o despertó de una pesadilla,
no lo sabía muy bien. No miró atrás, las lágrimas de su madre sustituirían
cualquier sonrisa en su memoria hasta mucho después. Pero eso aún no lo sabía.
Bajaba las escaleras, con las manos en los bolsillos, en una aferraba el
monedero que le había dado su madre y en otro la ti... ¿y la tiza verde del Arremangado?
***
Iván había aprendido a ceder, a esperar, a
ser paciente con lo que fuera que le doliera, siempre había tenido la fortaleza
para hacerlo. Confiaba en que las aguas volvieran a su cauce y que su madre se
diera cuenta de una vez de que cuando su padre estaba en casa, sólo él vivía,
el resto, sobrevivían.
Aquel día tenía muy claro lo que hacer, era la una de la tarde. El colegio tendría que esperar unos días. Tenía que ir
hasta el centro, donde vivía su tía, cerca de su segundo destino: el
Arremangado. El primer lugar donde se detendría estaba justo delante de sus
narices, era una pastelería.
Mientras caminaba hacia el centro, con un trozo de pastel en la mano, otro dentro de la boca y otro tanto por fuera, intentaba recordar donde perdió la tiza del Arremangado. Rememoró sus pasos, estaba tan concentrado haciéndolo que le costó equivocarse en tres bocacalles. Tan distraído estaba que tardó más de lo esperado en llegar a la catedral. Aunque valió la pena, tenía una excusa que ocuparía su media tarde antes de llegar a casa de su... como decirlo... no muy agradable tía.
Mientras caminaba hacia el centro, con un trozo de pastel en la mano, otro dentro de la boca y otro tanto por fuera, intentaba recordar donde perdió la tiza del Arremangado. Rememoró sus pasos, estaba tan concentrado haciéndolo que le costó equivocarse en tres bocacalles. Tan distraído estaba que tardó más de lo esperado en llegar a la catedral. Aunque valió la pena, tenía una excusa que ocuparía su media tarde antes de llegar a casa de su... como decirlo... no muy agradable tía.
- Toma, es para ti – Le ofreció el último pedazo de pastel al viejo
Arremangado.
- No, gracias, estoy a régimen, ese pastel podría convertirme en un tonel –
Dijo imitando una forma de hablar tan pedante como irónica, mientras agarraba
el pastel y lo devoraba, o se lo zampaba. Fuese lo que fuese, no diría nunca,
que simplemente se lo comió.
Ese día, el Arremangado estaba generoso,
compartía sus palabras con Iván. Era agradable hablar con alguien que nunca
preguntaba por ti, ni se metía en tus asuntos. No conversaba con ninguna
intención, y si lo fuera, sería la de adornar, dar vida o matar el tiempo, pero
nada más. Decía algo si tú le preguntabas o interrumpías primero, e hicieras lo
que hicieras, nunca te miraba raro.
El resto de la escena permanecía más o menos
igual que la noche anterior. El viejo estaba en el mismo sitio. Su armónica,
perdida en su gruesa barba, seguía sonando. Tenía las tres pizarras como
asiento y la gente seguía saludándole y echándole la calderilla cuyo sonido le
daba la vida.
Iván llevaba allí un buen rato, había
paseado por las calles del centro, había entrado en la catedral y había
escuchado la misa de las seis de la tarde. No tenía otra cosa mejor que hacer y
entre unas cosas y otras, siempre se sentaba un rato a escuchar, lo que
parecía, la armónica más tocada del mundo.
Hasta que se le ocurrió una idea: Retar al
Arremangado. Estaba aburrido, eso le daría vidilla a la tarde antes de ir a
buscar su tiza y a casa de su tía.
- Te reto – Dijo todo lo altaneramente posible.
El Arremangado hizo un gesto, como queriendo
decir que le explicara el reto, y sin dejar de tocar, escuchó:
-
Mira, cada uno escribe una frase en una de las pizarras, y ponemos un
recipiente delante de cada una, quien recaude más, gana. Fácil, ¿no?
- ¿Y que gana? – preguntó y luego siguió tocando.
- El nombre del otro – Iván tenía curiosidad por el
nombre del Arremangado, y no tenía otra forma más sutil de preguntarle a
alguien que nunca hacía preguntas impertinentes.
- Hecho, aunque con dos condiciones – Se levantó e iba
cogiendo dos pizarras – La primera: el dinero que te ganes con tus palabras, lo
dedicarás a las palabras. – Le dio a Iván una de las losas y una tiza
roja – Segunda: El nombre es algo muy importante, y poderoso me
atrevería a decir, así que, quien pierda, tendrá el derecho a elegir cuando
decir su nombre.
Iván aceptó asintiendo. Luego ambos se
dieron la espalda al otro y escribieron una frase. Cada uno en su losa y con
recelo, como si fueran dos niños pequeños que no quisieran que se copiasen de
ellos. Cuando acabaron, la pusieron una a la derecha y otra a la izquierda del
viejo. Iván se puso entre el mendigo y su losa y pidió:
- No la mires hasta que no acabemos la apuesta. Será una
sorpresa – Dijo con una sonrisa pícara que luego, imitando a uno de los
sacerdotes que viera salir de uno de los confesionarios un rato antes, se
convirtió en una sonrisa monacal. – Por cierto, damos de tiempo una hora. – El
Arremangado asintió con un ademán. La apuesta daba comienzo.
Como prometió, el anciano no miró a la losa
de Iván, él seguía concentrado en hacer sonar su armónica, y aunque lo había
intentando evitar, se fijaba en cada una de las monedas que caían a un lado y a
otro. Sus notas daban fe de ello, cada vez que alguien echaba dinero a su
derecha, donde estaba su frase, él esbozaba una sonrisa, y cada vez que la
echaban a su izquierda y escuchaba una risita por parte del viandante generoso,
el Arremangado carraspeaba.
Pasó la hora antes de lo que esperaban.
Ambos, y cualquiera que hubiese visto al pequeño Iván dando saltitos, sabría
quien había ganado. Lo que aún desconcertaba al anciano era lo que había
escrito aquel niño.
En la losa del Arremangado ponía:
“Que se
enteren la razón y la fe, mis dos vecinos, que me mudo a estos puntos
suspensivos...”
En la losa de Iván, con más de siete euros
recaudados, y con una ventaja de casi los siete, ponía:
“Pido para unas mangas”
El arremangado se echó a reír tanto que la
gente que pasaba por allí se le quedaba mirando. Luego dijo:
- Muy bien hijo, has ganado, tomaré nota de esa frase
para cuando quiere repetir una merienda como la de hoy.
Después de unas bromas sobre clases para ser
un buen mendigo, nuevos retos, apuestas que implicaban incluso el ver quien
tocaba mejor la armónica y alguna que otra fardada más de Iván, llegó el
momento de que éste se marchara. Fue a devolver la tiza que le había prestado,
cuando el Arremangado, como ya hiciera la noche anterior, le dijo que se la
quedara. Luego, antes de que se fuera, le recordó la condición que hacía que
Iván debiese gastar sus poco más de siete euros por y para las palabras. El
pequeño no le recordó el que le debía un nombre, tenía la certeza de que el
Arremangado era un anciano de palabra. Sabía que tarde o temprano se lo diría.
Se marchó de allí, y al despedirse le dijo:
- Ya sabes... lección número uno: Con humor comes pastel,
con enrevesadas frases, te comes un pastel, que no es lo mismo.
- Anda, tira y vete – Dijo el viejo de forma amistosa.
Aquella tarde le había hecho alejarse un
poco más de la realidad de la que le había salvado la protección de su madre.
Pero ahora estaba solo, y como no podía ser de otra forma, caminaba cabizbajo,
como sí los pesares y miedos por su madre le hicieran hundir la cabeza.
Llegó al muro media hora más tarde. Estaba
anocheciendo y no quería tardar mucho en irse a casa de su tía. Además, tenía
la esperanza de que cuando llegase, su tía ya hubiese recibido la llamada de su
madre avisándole de que su padre se había marchado, esta vez... para siempre.
Cuando llegó a la papelera, gracias a la
cual, trepó la noche anterior por el muro, empezó a buscar por el suelo, pero
no encontró nada. En una de las veces que levantó la mirada, vio en la tez
grisácea de la tapia una línea verde y ondulada. Iván dijo para sí: “Así que
hay estabas”.
Quién habría cogido su tiza y la habría
gastado en aquel gris, quién vivía por allí... si por allí no había casa
alguna, sólo estaba esa fábrica que daba miedo, y más ahora, que casi era de
noche.
La imaginación de Iván tenía dudosos
límites, y si los tenía, aún no los había visto. Así que pensó en la explicación
más fantástica, original o brillante, dependiendo de quien la escuche sería de
una forma u otra. Pensó que la tiza, con afán de escapar de aquel lugar que tan
hostil parecía, y sabiendo que las tizas sólo corren cuando se deslizan sobre
una superficie, decidió salir corriendo y por eso dejó ese rastro. Eran como
las pisadas en la nieve o en la playa. Solo que más triste, allí no había ni
bolas de nieve con las que poder jugar, ni olas en las que poderse bañar. Así
que decidió animar la escena y mientras se recreaba mentalmente en su historia,
recorrió, con su nueva tiza roja, la línea verde de principio a fin.
Cuando terminó se fue corriendo, como una
tiza, dejando sus pisadas en el inmodificable asfalto. Tenía la sensación de ir
a casa de un ogro o de un diablo al que solía llamar tía. A medida que se
acercaba recordaba más y mejor el porqué prefería dormir en la calle. Pero la
esperanza de que su madre hubiese llamado ya, le daba alas a sus pasos, le daba
vida a la calle y color a la oscuridad de aquella noche.
Acabo de leerme los siete capítulos del tirón... ¿cuándo podré leer el próximo?
ResponderEliminar¿¿Todos del tirón??, vaya, creo que eres el/la primer@ ... enhorabuena y gracias, siempre es agradable una visita por este rincón. El próximo estará para la semana que viene (los exámenes me tienen muy distraído) :)
ResponderEliminarLo esperaré encantada entonces! :)
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