viernes, 26 de septiembre de 2014

PERROS DE TIZA. Capítulo 9: ¿Qué pasa si pierdes?

           Su adolescencia pasaba como la de casi todos, rápida y desordenada. Los fines de semana sirviendo en el bar, las mañanas en el instituto y las tardes en casa o con el Arremangado. Con el tiempo se aficionó a la lectura de libros normalmente prestados por aquel singular mendigo. Se sumergía en las historias que en ellos se contaban y prefería hacerlo con el sonido de la armónica y la compañía de quien paradójicamente no usaba en demasía las palabras. Sus silencios, a veces adornados por notas musicales, mantenían a raya a los turistas o vecinos cargados de charlas banales que se marchaban tan pronto percibían el grado de abstracción de aquella pareja. Uno leyendo, otro tocando. Ambos sosteniendo aquella vieja catedral sobre los hombros.
            No llegó a la docena de libros leídos cuando Iván empezó a escribir sus primeras frases; y si bien ya había hecho sus primeros pinitos sobre las losas del Arremangado –años atrás– ahora construía frases verdaderamente profundas, algunas incluso rivalizaban con las de su compañero de calle. Éste fue, por otro lado, el justo detonante por el que empezaron a volver a desafiarse al juicio de los viandantes. Normalmente, por muy astuto, atrevido o ingenioso que se prestara a escribir Iván, el perro viejo siempre solía recaudar más dinero con sus frases bien aderezadas. Así pues comenzó una conversación que acabaría en el reto más importante al que Iván tuviera que enfrentarse.
            –Creo que la gente ha empezado a diferenciar tu letra de la mía, y por supuesto, todos quieren granjearse el favor de quien toca la armónica, no de quien está aquí sentado viéndolas venir– Se quejaba Iván tras hacer un último recuento y volver a comprobar que había perdido. El Arremangado no dijo nada, sólo se limitó a encogerse de hombros y seguir tocando.
            –Al menos, hoy han sido más generosos que otros días. Tendrás una excusa para celebrarlo con tu amiga– Señalaba cómplice a la librería de en frente donde sabía de buena mano la atracción que la dueña provocaba sobre el mendigo. Por su parte, éste último, cabeceaba, negando cualquier parecido con la realidad. –Por cierto, nunca te lo he preguntado. ¿No tienes miedo de que un día dejen de echarte monedas?– Iván, tras formular la pregunta se echó sobre el muro, y se refugió cuanto pudo en su chaqueta. Refrescaba y sabía de sobra, que en cuestión de palabras, el Arremangado era prudente hasta la saciedad.
            Al rato contestó:
            – No, no es miedo. Confío en la generosidad, o más bien en el toma y daca que hay entre nosotros– señaló a la gente que pasaba por la calle– Es cuestión de música. Yo uso la armónica y ellos, a falta de triángulo, el tintineo de sus monedas. –Iván reía su particular forma de ver las cosas e imaginaba la cara que pondría si alguien, en lugar de lanzar unos céntimos, le acompañase con un triángulo.
            –Y tú, Iván, dime, ¿a qué tienes miedo?– Sin esperar una respuesta siguió con su toma y daca callejero empujando a su instrumento en una improvisación más.
            Eran pocas las veces en las que Iván tenía la oportunidad de impresionar a quien tanto admiraba y tanto tenía miedo de envidiar, así que pensó, y aun pudiendo escoger por una respuesta elaborada, decidió ser sincero y obvio.
            –Si a algo tengo miedo es a hacer el ridículo delante de mucha gente.
            –Pues estás en el sitio equivocado– Advirtió el mendigo sorprendido.
            –Aquí en realidad me siento cómodo. Pasamos más desapercibidos de lo que nunca creí, y aunque a veces nos rodeen docenas de personas tocando el triángulo, no nos miran juzgándonos. Diría que esperan poco o nada de nosotros, o al menos de mí.
            –Temes decepcionarlos.
            –Temo, simplemente hacer el ridículo– Se había metido en un embolado, pues el Arremangado se mostraba curioso en algo que a él le costaba expresar. – y para hacer el ridículo, antes tienen que esperar algo de ti, para que luego tú frustres sus expectativas, ridiculizándote.
            –Te reto– Respondió el mendigo sonriendo peligrosamente.
            –Miedo me das…
            –Te iré a visitar y pasaré toda una tarde en el bar donde me dijiste que fuera, si esta vez consigues recaudar más dinero que yo– Interrumpió el Arremangado, ansioso por empezar.
            –Y te declararás a la librera– Contraatacó Iván
            –Hecho
            –En verso
            –De acuerdo
            –Escrito por ti y recitado a pleno pulmón
            –…no se hable más– y tendió una mano, esta vez menos convencido. Después ambos empezaron a escribir en una losa, mirándose con recelo. Esta vez Iván, intentando imitar la horrible caligrafía de su contrincante. Las colocaron con un cesto delante de las respectivas frases y esperaron. Y mientras esperaban, Iván cayó en la cuenta de no haber preguntado cuál sería su parte del trato.
            Huelga decir que Iván perdió y su castigo, que bien se lo guardaba el Arremangado, lo desvelaría al día siguiente. «Con pelos y señales» prometió explicárselo; y no sólo pelos y señales tenía, sino también normas y bases escritas en un papel que parecía haber sido arrancado de algún sitio. Eran las bases de un concurso de literatura en el que Iván tendría que participar. Un concurso de cuentos infantiles que, literalmente exponía: «El ganador deberá de leer sus cuentos en el teatro municipal, al que se invitarán a niños y niñas de la ciudad…El premio será la edición de un libro infantil…». Iván palideció y aunque aferró todas sus esperanzas en no ganar aquel estúpido concurso, una parte de él fantaseaba con la posibilidad de hacerlo, así que aferrado a su orgullo y esa minúscula esperanza, escribió lo mejor que pudo y ocultó en él un mensaje que por todos ya es sabido.
            Ganó, pasó la vergüenza de su vida y con casi la mayoría de edad, vio su libro en los estantes de la librería que el Arremangado se obstinaba a visitar a diario. Tardó en contarle al mendigo cual había sido su plan. Si bien el paso del tiempo había hecho sucumbir las esperanzas de encontrarse con quien quiera que escribiese en aquel muro, también lo había convertido, por su imposibilidad, en algo utópico e idealizado. Le atribuyó a aquellas pictóricas conversaciones la fuente de donde naciera el coraje con el que combatió aquellos momentos oscuros de su infancia a los que, ya por fortuna, poco hacía por recordar.
            El Arremangado le sonrío la estrategia, y aunque a veces fuera él quien le bromeara con pullas del estilo: «Buscas que un día llegue al bar una chica linda buscándote, y puede que te lleves una sorpresa. Imagina a un chico de tu edad –de lento ingenio y comida rápida por norma– entrando en el bar, buscando a la desesperada a la misma chica que tu imaginas», al igual que Iván, siempre sostuvo el mismo deseo idealizado de aquel encuentro. Y cuando Iván se veía arrinconado entre tantas dudas, siempre apelaba a su imaginación, es decir a la imagen que había ido puliendo día tras día de la otra persona.
            Después de haber compartido aquel mensaje secreto con el Arremangado comenzaron de nuevo las conversaciones en las que ambos tejían un plan de actuación elaborado –y a veces hasta cómico– sobre que debería de hacer para encontrarse con esa enigmática persona, y en una de esas conversaciones surgió la idea de diseñar e incorporar un juego de mesa a la variedad de juegos tradicionales que ya se usaban en Mediodía. Luego vendría la tarea de convencer y organizar un evento, al menos mensual, relacionado con el juego, e imprimir en él las mismas siglas que ya pusiera en el muro y en el libro de cuentos. Finalmente, acordaron que el Arremangado se encargaría de preguntar regularmente a la librera sobre quienes habían comprado el libro –cosa que pactó con sumo placer– y así, de esa forma, tramaron toda una red capaz de atrapar la más ambigua de sus ilusiones.
            El resto de la historia con respecto a lo que nos concierne ya es bien sabido. Aunque habría que mencionar el trato decepcionante que tanto castigó la ilusión de un encuentro. Transcurrieron varios años, y si bien, el juego de Gatos de tiza había triunfado en su variante más banal, Iván no encontró a la persona con la que compartiese tan intrincada aventura. O eso creyó hasta el último momento.
Antes que él, fue el Arremangado quien vio por primera vez a Daniela. Ojeaba un ejemplar tras una estantería, aunque realmente donde tenía el ojo echado era en el mostrador, donde los rizos castaños de la librera daban la bienvenida a los últimos clientes de la mañana. Quedaba poco para que cerrara y justo cuando el Arremangado se marchaba –otra vez– con la mente repleta de supuestos soliloquios donde confesaba un amor platónico, entró Daniela. Iba con prisas, pidió el libro de Iván, y al hacerlo, el mendigo se fijó en ella. Tenía un aspecto emocionado y distraído, resoplaba aliviada cuando vio que aún quedaba un ejemplar, y si bien ella nunca vio al Arremangado, él sólo la describiría después, diciendo: «Tenía los ojos demasiado azules»
            En aquel tiempo Iván se veía ajustado por una economía familiar cada vez más exigua, y aunque prácticamente todo lo que ganara sirviendo lo daba a su familia, la situación era cada vez más crítica. Agobiados siempre por el pago de un piso en el que vivían y otro en el que nunca volvieron a sobrevivir. Por esas y otras razones más propias de la madurez de su juventud, Iván llevaba largo tiempo pensando en viajar a la gran ciudad y probar suerte allí. Al menos –y con ello apaciguaba su conciencia– ahorraría a su madre y tía un plato de comida que poner todos los días, y en la medida que le fuera posible, se prometió seguiría enviando dinero a casa.
            Con la decisión tomada, decidió marcharse lo antes posible, y solo se concedió esperar hasta el siguiente día treinta para llevarlo a cabo, pues en el fondo, y después de tantos años, había conservado aquella idea infantil de un reencuentro que diese sentido a su espera. Prueba de ello era el que siempre que un desconocido venía por primera vez preguntando por Gatos de tiza, Iván mostraba el dibujo y preguntaba –igual de ilusionado que lo estuviera cuando dibujara la primera línea– aquello de: «¿Habías visto esto alguna vez?».
            Tuvo que ser la última vez, la gota que ya, después de colmado el vaso, cayera fuera del mismo y salpicara de un azar inesperado –y por otro lado, esperado hasta la saciedad– a los dos. Daniela negó con la cabeza y de esa forma se sacudió aquel azar, dejándolo huérfano de un primer encuentro cargado de nostalgia.
            Negó, y lo hizo por recrearse en el secreto que tanto había guardado, y que no estaba dispuesta a compartir con el primer desconocido que se encontrara. Fue de esa forma como acabó su breve e ignorado encuentro, apenas sin que ella lo mirara y él con los ojos puestos en la gran ciudad. No se reconocieron pues nunca se conocieron.
            Poco después de aquello, Iván se despidió emocionado de su madre y tía e intentó hacer lo mismo con el Arremangado, pero éste no quería saber nada de despedidas y sin decir palabra, aguardó a que Iván desapareciera para dejar de tocar y echar la vista al suelo. Volvía a estar solo, y empezaba a sentir aquella sensación demasiado familiar. Tan profunda que desde entonces, ni su música sería siempre grata compañía.  

            Iván se marchó y si bien sus últimos pensamientos querían alejarse de aquel muro, de repente recordó haberse olvidado algo relacionado con todo aquello: No había terminado de explicar el juego a la última persona que preguntara por él. No le había explicado qué ocurría si no aciertas. «Si pierdes, si nunca aciertas, si nunca crees que lo harás, sólo queda enfrentarte a todos tus errores con una melodía en los labios y bien arremangado, para que la vida no te salpique» Pensó Iván.






2 comentarios:

  1. Bueno, después de leerme este capítulo, me toca ponerme al día leyendo los anteriores. Muy interesante...

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    1. Ey! gracias por el interés.
      Claro, échale un vistazo a los anteriores y verás como muchos detalles empiezan a tener sentido. Un abrazo!

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